Si nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia, por tanto no le gusta el cambio y está siempre pendiente de cualquier peligro que pueda acechar, ¿es posible que al mismo tiempo sea optimista? En este vídeo profundizamos sobre este tema, analizando cómo se combina en nuestro cerebro la capacidad de asegurar la supervivencia y el optimismo

 

El concepto de supervivencia asociado a nuestro cerebro se basa en la teoría de la evolución de Darwin. Durante mucho tiempo pensábamos que el ser humano, por ser una especie que quiere sobrevivir en su entorno y defenderse, estaba muy arraigado a todo ese sistema de miedos. 

Este paradigma del sistema de supervivencia humano está obsoleto a día de hoy, está en periodo de tranformación, a partir de hallazgos neurocientíficos que apuntan cada vez más a otro enfoque.

Lo que se está descubriendo y constatando cada vez más es que el ser humano no solo tiene el mecanismo de supervivencia que le hace huir, sino que también tiene el de evolución. La humanidad, de lo contrario, no habría llegado a este grado de progreso.

Los lujos, el consumismo y todas esas necesidades de la sociedad actual apuntan a una tendencia de los seres humanos a progresar y no conformarse con sobrevivir. Este mecanismo de evolución va ligado al placer, a la parte social de nuestra naturaleza y a la creatividad de nuestro cerebro.

Nos mueve la voluntad de compartir con otras personas, estar en comunidad y crear en conjunto. Todo esto conecta con otro sistema, que es el de la recompensa. Segregamos una serie de neurotransmisores como una forma de refuerzo positivo, como mecanismo del cerebro ante determinados estímulos o acciones.

Esta sensación producida por la oxitocina, la dopamina y demás neurotransmisores de nuestra química cerebral es la que nosotros perseguimos en la vida desde el punto de vista más instintivo y primario.

Esta lámina ayuda a ver de manera visual lo que sucede en el cerebro ante un suceso. Nuestro cerebro rápidamente califica aquel estímulo como beneficioso o negativo. Este primer filtro emocional, que sucede en milisegundos, da lugar a un procesamiento posterior. 

Pongamos, por ejemplo, que vemos una araña. El pocos milisegundos la corteza visual del cerebro la detecta como peligro. Después se procesa en el tálamo, el detector de novedades de nuestro cerebro. Así, si considera que es importante, envía la información hacia la amígdala y también al telencéfalo, produciendo una reacción corporal, como podría ser un grito, un salto o salir corriendo.

 

Por suerte, más allá de las amenazas y miedos que podemos percibir, también nos mueve el sistema de recompensa, que permite la evolución. Si nuestra emoción positiva hacia ese factor positivo supera el miedo a la amenaza, logramos avanzar y salir de la parálisis o la huida a la que tendería el cerebro si solo se moviera por la supervivencia.

 

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